CUENTOS PARA LEER EN LA ESCUELA

El anillo de su madre

Cuenta la leyenda que en un lejano lugar llamado Kiretame había un hombre que había heredado una inmensa fortuna de sus padres. Antes de morir, su madre le dio un precioso anillo de oro, y le dijo a su hijo que de ninguna manera permitiría que su mujer se lo pusiera. De hacerlo, su esposa moriría sin piedad. A los pocos minutos su madre falleció.

Kileme, así se llamaba el hijo, como aún permanecía soltero hizo una gran fiesta a la que invitó a todas las jóvenes casaderas de la comarca. Abrió su palacio de par en par, sin limitaciones para que todas las aspirantes vieran sus pertenencias. Una a una las fue rechazando hasta que se quedó con Kelita, una mujer menuda de ojos azules y cabello rubio que prendó a Kileme.

Concretaron los esponsales para dentro de un mes. Kelita era la única hija de un humilde leñador que había perdido a su esposa cuando ella nació. La quería muchísimo y sentía que lo dejara solo aunque entendía que era lo mejor para su hija.

Kileme y el leñador hablaron sobre ella. Le dijo que quería casarse con ella porque estaba profundamente enamorado. El padre le dijo que le entregaba a su hija para que la respetara como mujer y, que si se enteraba de que la maltrataba o no la cuidara como era debido tendría que vérselas con él.

—No tiene que preocuparse por eso. Conmigo vivirá como una auténtica reina.

—Está bien, te creo. Pero no olvides lo que te he dicho.

Los dos se despidieron hasta el día de la boda.

Durante los primeros meses la pareja vivió muy feliz hasta que en una ocasión Kelita se puso el anillo prohibido, entonces Kileme empezó a pegarle.

Kileme, cuando las amigas iban a visitar a su mujer, siempre con una sonrisa en los labios, se excusaba diciendo que no se encontraba bien y que el médico le había dicho que estuviera en reposo sin ver a nadie. Ellas se iban convencidas de lo que él les decía. El tiempo iba pasando y, de nuevo regresaron a su palacio, pero seguían sin poderla ver.

Las amigas, cansadas de que no las recibiera fueron a visitar al leñador que se personó en el palacio. Al principio Kileme trató de darle largas a su suegro, pero insistió mucho en que quería ver a su hija. Trató por todos los medios de no dejarlo pasar pero se obstinó de tal manera que no le dejó más remedio que estar con su hija. Kelita le dijo que su marido la maltrataba que no se portaba bien con ella.

—Coge lo imprescindible y te vienes conmigo.

—No puede llevársela. Es mi mujer —le dijo muy ofuscado.

—Puedes estar contento de que me has pillado en buen momento. De otro modo te hubiera cortado la cabeza —dijo en tono pacífico sin dejar de mirarle a los ojos.

El leñador se llevó a su hija a su casa.

—No te acerques jamás a Kelita. No respondo de lo que pudiera pasarte —le comentó en tono amenazante.

 

Padre e hija se fueron a su casa ante la atenta mirada de su marido que veía como se iba del palacio sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

Pasaron los años y ella, a pesar de todo lo que le había hecho su marido, seguía enamorado de él. A Kileme le pasaba lo mismo. A través de una de sus amigas, mandó recado para que volviera con él. El leñador siempre se opuso.

—Padre, me siento muy desgraciada. Quisiera poder volver con mi marido —le dijo con lágrimas en los ojos.

Los meses iban pasando y el padre veía como su hija se iba consumiendo en su melancolía. Era algo que le superaba hasta que finalmente accedió.

—Está bien hija. Te concedo que vuelvas con tu marido. Pero tiene que ser con una condición: “Que yo tengo que estar cerca de ti para poder comprobar de que te respeta. Mira que yo siempre he trabajado en los bosques cortando leña para vivir. He disfrutado de libertad sin tener que darle explicaciones a nadie y, eso me supondrá perderla  —le comentó.

Kelita abrazó fuertemente a su padre y los dos emprendieron la marcha al palacio. El leñador vivió en la zona de los criados, alejado del ruido, pero lo suficientemente cerca para poder controlar que su yerno cuidara de su hija.

Así sucedió hasta que el leñador murió de viejo y, nunca tuvo ninguna queja de su yerno que se mostró respetuoso con ella.  Tuvo dos  nietos que le hicieron felices sus últimos años.