CUENTOS PARA LEER EN LA ESCUELA

CENICIENTO Y LA PRINCESA

Cuenta la leyenda que en cierta ocasión un hombre muy rico, que estaba muy enamorado de su esposa, tenía un hijo. Era esbelto, rubio, fuerte, de ojos azules. Siempre se mostraba  muy respetuoso con sus padres. Aconteció que la esposa se puso enferma y, a pesar de que fue atendida por los mejores médicos, al cabo de unas semanas, falleció.

Los dos quedaron muy compungidos ante tan lamentable pérdida. Al cabo de unos meses el padre conoció a una viuda que tenía dos hijos de edades parecidas a las de su hijo y se casó con ella.

Los dos hermanastros eran muy envidiosos de la  fortaleza y pericia de su nuevo hermano. Tanto ellos como su madre no lo soportaban y le obligaban a hacer los trabajos más ingratos de la casa. Como primera medida le impusieron que tenía que dormir en la cuadra juntos a las mulas, al lado de una inmensa chimenea que estaba constantemente encendida, pero que le mantenía siempre ocupado teniéndola que limpiar por lo que siempre estaba impregnado de ceniza, de ahí que le impusieron el nombre de “Ceniciento”, aunque el descanso era poco, nunca rechistaba.

Él tenía mucha maña con la infinidad de relojes que había en la casa siendo el encargado de arreglarlos cuando se estropeaban. Su padre tenía especial debilidad por uno de cuco que cada hora hacía de las suyas ya que en la soledad de la noche no paraba. Los dos hermanastros estaban hartos de que cuando estaban durmiendo les despertaba y decidieron hacerlo pedazos. Era prácticamente imposible que volviera a funcionar. Cuando el padre lo vio en tal estado, estalló en cólera. Sus dos hermanastros culparon a Ceniciento, lo que provocó que  se enfureciera con él, sometiéndole a un duro castigo: le obligó a que durante un mes, durante las horas de descanso, hiciera de reloj y cada hora tenía que hacer de cuco. Los hermanastros, al cabo de dos días estaban hartos de que no les dejara dormir y la emprendieron con él. Finalmente, armado de paciencia, logró arreglar el reloj y su padre le quitó el castigo dándose cuenta de la valía de su hijo, poniendo en duda lo que le habían dicho sus hijastros, pero por no complicarse con su mujer, lo dejó pasar por alto.

El rey, que se estaba haciendo mayor, promulgó un bando por el que quería casar a su única hija. El candidato tendría que superar una serie de pruebas y, entre todos elegiría su sucesor, casándolo con su heredera.

El primer día de la prueba sería el sábado siguiente en el palacio real. Los dos hermanastros se pusieron sus mejores trajes y se presentaron como candidatos. Esa noche acudieron veinte. La primera prueba consistía en un baile con la princesa  y ésta tendría que decir cuál era su preferido. Al final de la noche, el mayor de los hermanastros fue el elegido. Al día siguiente tendría lugar la segunda, consistente en una exhibición a caballo. En ésta resultó vencedor el menor de ellos. Hasta el sábado siguiente no tendría lugar la tercera  aunque no sabían en qué consistiría para que no se prepararan a lo largo de la semana. A cada instante los dos hermanastros rivalizaban por cuál de los dos sería el elegido. El tono de pugna entre ellos iba subiendo. Conforme se acercaba cualquier mínima cosa, era suficiente para que estallara entre ellos una tremenda discusión. Parecía como si el resto de candidatos estuvieran ya eliminados.

A medida que se acercaba el sábado, los dos hermanastros le ordenaron a Ceniciento que les acompañara para ver cuál de ellos era el elegido.

—Está bien, os acompañaré.

Se puso unas ropas sencillas y los tres se fueron a palacio.

La tercera prueba consistía en la resolución de una serie de preguntas de lógica en un tiempo determinado. Pusieron el reloj determinado pero a los pocos segundos se paró por lo que tuvieron que interrumpirla. El rey pidió que lo arreglaran inmediatamente, pero los relojeros reales no eran capaces de hacerlo. La paciencia del monarca se había acabado. Profirió duras palabras contra ellos. Ceniciento pidió permiso para intentarlo y en pocos minutos el reloj empezó a funcionar  ante la incredulidad del soberano. Vio las preguntas formuladas y,  pidiendo permiso al soberano, dio sus respuestas correctas  con rapidez, ante la nueva admiración del rey.  El monarca frunció su entrecejo y le preguntó a Ceniciento:

— ¿Sabes bailar? —le dijo mirándole fijamente a los ojos.

Cogió a la princesa  que volaba ligera, era una pluma en sus manos, se sentía como con nadie  hasta entonces ante la atónita mirada del rey.

— ¿Sabes montar a caballo?

—Sí, majestad soy muy ducho en su manejo.

—Comprobémoslo —dijo enérgicamente.

Le dieron un caballo arisco, que no se dejaba montar. El rey se lo había dado a propósito porque quería ver si era verdad lo que decía. Ceniciento antes de subirse en él, lo acarició, le pasó suavemente sus dedos en la testuz del animal y lo tranquilizó. Después lo montó como si caballero y caballo hubieran estado toda la vida juntos.

El rey, una vez que hubo comprobado lo eficiente que era, manifestó que se casaría con su hija. Ella dio su conformidad y en una semana se celebraron los esponsales ante la incredulidad de sus hermanastros.