Desde mi escritorio

Dani y su balón de colorines.


A Dani le encanta el baloncesto. Ve todos los partidos que puede en la tele. Le gustaría ser algún día jugador de baloncesto y así poder imitar a esos grandes jugadores, pero en su antiguo colegio no había equipo y en su actual Instituto tampoco. De aquí le surge la duda de ¿cómo poder ser jugador sin tener un equipo?

 

En el barrio, recientemente han colocado una canasta de baloncesto en un pequeño parque donde poder jugar.
A los pocos días unos chavales jugaban en esa canasta haciendo dos equipos, pero Dani no conoce a ninguno de ellos, no deben ser del barrio, por lo que no se atrevía a jugar.
Estuvo pensando durante largo rato y decidió que él compraría un balón de baloncesto y podría jugar con sus amigos. Durante varios meses estuvo ahorrando poco a poco, hasta que pudo comprarse un balón de colorines que tanto le llamaba la atención.
Por fin llegó el gran día para Dani, rompió su hucha y compró su balón multicolor en una tienda de deportes del barrio. Llamó a sus cinco amigos y todos juntos se fueron al parque a jugar un tres por tres. No había marcada esa zona de seis veinticinco y apenas se divisaba la zona de tiros libres, ellos apenas conocían las reglas más elementales, pero la ilusión era tan grande que no les importó.
Se pusieron a jugar durante largo rato y al final  no se ponían

de acuerdo sobre qué equipo había sido el vencedor de aquel memorable partido. Dos de sus amigos se marcharon y los otros cuatro, a quienes no les apetecía volver a casa decidieron hacer nuevos equipos y jugaron un dos para dos durante otro rato; al final venció el equipo de Dani. Los otros dos amigos que formaron el equipo contrario, molestos por la derrota se marcharon.
Solamente quedaron Dani y su amigo Miguel que decidieron echar un uno contra uno y perdió Dani. Miguel también se marchó y Dani se quedó solo, que continuó jugando. Estuvo practicando los tiros libres hasta que en uno de los intentos el balón quedó atrapado entre el aro y el tablero. No había manera de que el balón bajara, no había nada con qué ayudarse. El balón permanecía en ese lugar. El tiempo pasaba y Dani tenía que marcharse a casa, había  rebasado con creces la hora que sus padres le habían puesto como límite, pero tenía un dilema: Si se iba y dejaba el balón, podría desaparecer al día siguiente y si por el contrario esperaba a que el balón bajase, podría hacerse muy tarde.
El balón permanecía quieto, como no queriendo desaprovechar el estado tan ventajoso, Dani , por el contrario, empezaba a ponerse nervioso, casi a punto de ponerse histérico, pasaban las horas y el balón permanecía inmóvil como queriendo continuar por mucho tiempo allí. Dani seguía nervioso, sin encontrar la menor ayuda para bajar el balón, su pulso se aceleraba por momentos, no se decidía a marcharse y poder perder lo que tanto esfuerzo le había costado; el tiempo seguía pasando hasta que una ráfaga de aire tiró el balón al suelo y Dani lo pudo recuperar y así pudo volver a casa.

GREGORIO

 

            Publicado en Socuéllamos 30 días. Enero 2012.