6. feb., 2021

El ciego

Cuando era niño no dejaba de mirar todo lo que había a mi alrededor. Muchas veces jugaba con mis amigos a ver quién era capaz de recordar más cosas, observábamos durante diez segundos, y después teníamos que cerrar los ojos. Borja decía que era incapaz de recordar más de dos o tres objetos. Le gustaba hacer de jurado. El juego consistía en que por turnos, lo hacíamos por sorteo, uno de nosotros empezaba y los demás teníamos que seguir diciendo algo de lo que recordáramos. Borja nos ponía una vende oscura y nos la apretaba con fuerza. No me gustaba empezar, aunque alguna vez me tocó. Cuando los demás ya no eran capaces de responder, yo seguía con, por lo menos diez imágenes. Cómo siempre ganaba, a mis amigos les empezó a aburrir el juego y tuvimos que dejarlo.

            Una tarde estábamos jugando en el descampado de la era del tío Tiburcio, fui corriendo a alcanzar a Raimundo, tropecé con una piedra y me caí. El golpe fue tan contundente que perdí el conocimiento. Tuvieron que llamar a una ambulancia que me llevó al hospital. Estuve una semana en la UVI. Cuando me desperté, mi madre mi dio un beso. Pregunté por qué estaba allí y me dijeron que me había golpeado en la cabeza. Tenía una venda en los ojos y pregunté si podía quitármela, los médicos habían ordenado que de ningún modo.

            Me hicieron las pruebas pertinentes y mi retina se había dañado. Me había quedado ciego. Les dije a mis padres que yo no quería vivir si no era capaz de ver. Escuché los gemidos de mi madre. Eran sintomáticos de que ya no iba a poder contemplar las piedras de la era del tío Tiburcio, ni el encinar que estaba cerca, ni el riachuelo de la cañada.

            Tuve que adaptarme. Pensé que la vista jamás volvería a ser mi compañera y que tendría que aprender a convivir con aquello. Mis padres me compraron un equipo de música. Aprendí a disfrutar de las sinfonías de Beethoven, las óperas de Verdi y los conciertos de Mozart. Me convertí en un verdadero experto. A veces paraba el equipo y oía el vuelo de un mosquito que volaba a mi alrededor. Mi oído se había vuelto tan fino que tenía verdaderos problemas para quedarme dormido, necesitaba ponerme tapones para no escuchar nada durante el descanso.

            Una noche que mis padres se fueron de fiesta me quedé solo. El vecino empezó a gritarle a la mujer. Cada vez era más fuerte la discusión, oí como la amenazaba, decía que la iba a matar. Entonces llamé a la policía que, casualmente, estaba  cerca, se pararon y oyeron los gritos. Llamaron a la puerta, la mujer estaba desesperada, les abrió, detrás estaba el marido con un cuchillo de cocina dispuesto a matarla.   Gracias a mi llamada pude evitarlo.

 Me apunté a clase de modelación. Al principio me costó tanto que estuve a punto de abandonar. Cuando me encerraba en mi dormitorio lamentaba la mala suerte que había tenido y, tras unos momentos de reflexión, me propuse superar todos los obstáculos que se me pusieran por delante. Aunque, según decía la profesora, se me daba fatal, tuvo conmigo la paciencia suficiente y me insufló el ánimo necesario para acercarme al nivel de los demás. Poco a poco fui aprendiendo la técnica y, según ella, terminé siendo de los primeros. La finalización de las clase suponía un frenazo para mi progresión.

 Mis padres habilitaron una habitación donde podía seguir practicando con el moldeado. Muchas noches me despertaba esperando la hora de levantarme para ir al taller. Cuando mi madre venía a despertarme y me encontraba espabilado, se enfadaba conmigo. Una mañana me vio dormido  dejó que siguiera, hasta que oí el sonido de la bocina del panadero, que venía a las once de la mañana. Le regañé por no haberme despertado. Ella  contestó que llevaba muchas noches sin dormir y que necesitaba una cura de sueño. Quizá llevara razón y le pedí perdón por haberme enfadado.

Una mañana, cuando fui al taller, mis manos se quedaron agarrotadas, era incapaz de mover un solo músculo, parecían de barro, como las figuras que yo hacía. No pude dar un solo paso y, aunque quise pedir socorro, me fue imposible. Permanecí en esa situación por lo menos un par de horas, hasta que mi madre vino a traerme un vaso de leche y me encontró. Al verme así se le cayó el vaso y, me gritó varias veces, pero no podía contestarle.

  Llamó al médico y este, a su vez, a una ambulancia que me llevó al hospital. Me sentía como un arbusto y no paré de lamentar mi situación. Les dije a mis padres que me quería morir, que aquello no era vida, que me abandonaran. Cuando los médicos conocieron mis intenciones dijeron que era muy importante el ánimo y, el mío, era pésimo. Mi madre no paraba de llorar, me cogía la mano y la apretaba con fuerza. Cuando empecé a sentir su cariño, me emocioné. Pensé que lo mejor sería elevar mi estado anímico y aferrarme a la vida. Comencé a mover los dedos y sonreí. No recordaba cuando fue la última vez. A los pocos días me dieron el alta y pude volver al taller. Esculpí la figura de una mujer. Tuve tantos encargos que no me daba abasto poder complacer a todos.

Poco a poco fui teniendo un nombre como escultor y mi corazón se abrió de par en par. Cuando me senté con mis padres escuché las noticias en la televisión. Me dijeron que eran unas imágenes terroríficas. Entonces me di cuenta de lo afortunado que era por no poder verlas.