8. mar., 2021

EL PINTOR DALTÓNICO

Desde siempre me ha gustado el color amarillo. Llevaba prendas de ese color. Los primeros problemas aparecieron cuando tuve artritis reumatoidea y  comencé a tomar Plaquenil y empecé a tener problema para identificar ese color.

Llegó un momento de total confusión, había desaparecido de mi retina. Conseguí cierto renombre como pintor, me fui al campo y dejé de pintar. Angélica, mi mujer me hablaba de lo bonita que estaba la naturaleza, como las amapolas, especialmente las de color amarillo, rebosaban candor. Cuando yo fruncía el entrecejo, ella se callaba y, durante unos instantes, muestras miradas se entrecruzaban, los silencios eran más potentes que las palabras. Nos fundíamos en un abrazo y no podía evitar que una lágrima me recorriera la mejilla. Era una lágrima de impotencia, qué mayor desgracia para un pintor que no poder apreciar todos los colores en toda su intensidad. Me comentaba que no me preocupara, que ella sería el pigmento que me faltaba. La miraba y no podía contener mi rabia, ya nada  sería lo mismo que antes.

Durante todo el verano no pinté nada, me dediqué a respirar la pureza del aire, salía por la mañana temprano y, durante varias horas, no dejaba de caminar.  Un día, Al regresar, le dije a Angélica, que quería volver a pintar.                        Le comenté que solo necesitaba el color amarillo. Durante más de tres horas estuve contemplando el blanco del lienzo pero no pinté nada. Me senté en  un taburete, convencido de que no sería capaz de volver a dibujar un solo cuadro. Estaba a punto de abandonar cuando vino Angélica. Quería saber cómo lo llevaba y le dije que no había dibujado ni una línea. Entonces se me ocurrió hacerle un retrato. Esbocé  a carboncillo y después lo rellené con pintura amarilla. Fue todo tan rápido que no me lo podía creer. Empezó a caer la luz, lo dejé y volví a la mañana siguiente. Tardé varios días en terminarlo. Cuando mi galerista vino a verme, se lo enseñé, me dijo que era impresionante. Que no se lo podía creer. Que se lo llevaba para exponerlo. En la sala, todos pasaban de largo, era como si tuviera la peste, eso me dejó tan tocado que no quise volver a pintar.

             Un coleccionista vino a verme días después. Me dijo que quería comprarme el cuadro porque le recordaba mucho a una chica que había conocido en su juventud. Le dije que no se lo vendía.

            Aquello me animó a seguir pintando. Puse mi caballete con el campo como fondo y pinté el paisaje que tenía delante. Solo utilicé el color amarillo. Cuando mi galerista vino a verme de nuevo, me dijo que me había superado, que tenía que exponerlo. A regañadientes, acepté su invitación. Vendí todos los cuadros que pinté en los meses siguientes.

El coleccionista me dijo que si no me importaría volver a pintar el cuadro de la chica que tanto le había gustado. Le dije que aceptaba. Me salió idéntico al primero pero, cuando lo terminé, tampoco quise vendérselo.

Como con el amarillo todo lo veía gris empecé a utilizar negro sobre blanco, durante ese mes solo utilicé esos colores. Después empecé a utilizar el resto. Mientras pintaba tuve una sensación extraña, hacía mucho tiempo que no los utilizaba. Me sentía como un principiante, como si nunca hubiera pintado. Tardé un par de meses en adaptarme, a ser el que fui. Mi galerista me animaba a que no dejase de pintar, no me encontraba cómodo y tiré a la basura no menos de cinco obras, cada vez me sentía más inseguro; llegó un momento en que quise abandonar definitivamente. Cuando hablé con mi galerista me dijo que me tomase un tiempo de descanso, que viajase, que me fuese a nadar a alguna isla. Le hice caso, me fui a La Majórica, un paraíso semidesértico de aguas limpias. Estuve una semana nadando y sin pensar en nada. Cuando empecé a aburrirme, regresé. Entonces cogí el pincel con muchas ganas y no paré. Al cabo de un par de meses tenía material suficiente para exponer. Lo hice aunque con poco éxito. Aquello, lejos de desanimarme, consiguió que cambiase mi forma de pintar, me recreaba en cada pincelada, en cincuenta días solo pinté un cuadro. Cuando mi galerista vino al taller se quedó mirando el cuadro y me dijo, que si no fuera porque lo estaba viendo no creería que era mío.

─¿Eso es bueno o malo? –le pregunté.

─No lo sé, no lo sé, amigo mío –repitió sin dejar de mirarlo.

─¿Por qué no pintas otros para que pueda compararlos? –inquirió con la mirada fija en mí.

─Está bien –le contesté.

Estuve una semana antes de empezar el siguiente proyecto. Decidí pintar el paisaje de la Majórica, tuve que cerrar los ojos para recordarla. Pinté cinco cuadros sobre aquel paraíso, cuando los vio mi galerista, se  llevó una gran impresión. Me dijo que no podía esperar, que tenía que exponerlos. Yo no estaba muy convencido. Fue tal el éxito alcanzado, que el nombre de Borja Santacruz apareció en todas las noticias de arte como el nuevo gran pintor del siglo veintiuno.