EL BICENTENARIO

 

Guillermo tenía ochenta años y acababa de hacerse un chequeo en el hospital. Le dijeron que volviese a por los resultados en una semana. Al cabo de ese tiempo regresó a por ellos, pero no estaban, la administrativa miró y remiró por lo menos cinco veces, pero no las encontró.

            ─¿Puede dejarme su tarjeta sanitaria?

Guillermo se la dio y la administrativa tecleo su clave GU2060CHQ. A partir de los setenta a cada paciente se le asignaba una clave que parecía el número de matrícula de un coche; sobre la pantalla del ordenador apareció el siguiente mensaje: Hacer pasar al paciente por consulta. Sin más detalles.

Guillermo pensó que aquello era síntoma de que las pruebas habían sido negativas y que ya le quedaba poco tiempo de vida. A los dos días se pasó por la consulta del médico.

             ─Pase, pase.

             ─Muy bien doctor, usted dirá, quiero que sea franco conmigo y me diga lo que realmente tengo.

            ─No tiene motivo por el que preocuparse.

             ─¿Usted cree?

             ─Tiene una salud extraordinaria.

Guillermo se quedó mirando fijamente al doctor, bastante incrédulo.

            ─Si es así ¿por qué no me han dado los resultados en papel como a todo el mundo?

             ─Mire, usted ha sido seleccionado entre millares de personas para que, cambiándole un gen pueda vivir hasta los doscientos cincuenta años.

            ─Perdone, doctor ¿he oído bien?

             ─Sí, hombre, no se alarme. Con una sencilla intervención podrá vivir hasta los doscientos cincuenta años –le dijo con una gran sonrisa.

            ─¿Está seguro de lo que me está diciendo?

            ─Entiendo que la noticia le haya cogido de improviso. Vamos a hacer lo siguiente: se toma una semana para pensárselo y quedamos dentro de siete días con la respuesta definitiva.  ¿Qué le parece?

            ─Me parece bien, tendré tiempo suficiente para meditarlo. Muchas gracias.

Guillermo se fue con aquella información a su casa y no pudo conciliar el sueño. Durante ese tiempo apenas pudo dormir un par de horas cada noche. Transcurrido ese plazo se presentó en la consulta.

            ─Buenos días ¿ha tomado ya una decisión?

            ─Verá, doctor, he estado pensando mucho sobre el tema.

            ─¿Y a qué conclusión ha llegado?

            ─Mire, me propone que con una simple intervención podré llegar a vivir hasta los doscientos cincuenta años.

             ─Eso es como si no pasase de los cuarenta.

            ─Ese matiz no lo había contemplado, pero más a mi favor.

             ─¿Qué quiere decir? –inquirió el doctor con gesto de preocupación.

            ─Suponga que sí acepto, y me convierto de repente en una persona de mediana edad durante mucho, muchísimo tiempo.

            ─En efecto, así sería.

            ─Hace un año que falleció mi esposa, he tenido un hijo y una hija, que ahora tienen algo más de esa edad.

            ─Siga, por favor, me interesa su punto de vista –dijo el doctor que no dejó de observar a Guillermo con atención.

             ─Si doy mi consentimiento, de repente me convertiré en un hombre más joven que mis herederos. Durante décadas veré como mueren mis hijos, mis nietos y sus descendientes, mientras yo permanezco imperturbable, siempre joven, lleno de vida.

            ─Lo está describiendo con mucha exactitud, yo no sabría explicarme mejor.

            ─He sido catedrático de filosofía en la universidad. ¿Podré recuperar mi plaza si soy una persona tan joven?

            ─Hombre, usted se jubiló y eso ya no tiene marcha atrás –aseveró el doctor con contundencia.

            ─Y ¿volver a ser joven?

            ─Son cosas diferentes.

            ─Yo creo que no, mi querido doctor.

            ─Puede explicarse.

             ─Como le dije perdí a mi esposa no hace mucho. Si vuelvo a ser una persona de cuarenta años, volveré a sentirme como un hombre de esa edad, que tendrá sus necesidades como cualquier otro.

             ─Supongo.

            ─¿Me propone entonces que me enamore de mi nieta, mejor dicho, de una chica de su edad, o de la nieta de mi nieta o incluso de alguien mucho más joven?

            ─Visto así, pero no hay que ponerse tan melodramático.

             ─¿Usted cree que me pongo?, ¿qué haría en mi lugar?

             ─La verdad es que, escuchando sus argumentos, no sabría  por qué decidirme.

            ─¿Van a experimentar con más gente o voy a ser el único privilegiado?

            ─De momento, solo a usted.

            ─¿Se da cuenta de lo que pensaría el gobierno si, de repente, todas las personas al llegar a la edad de ochenta años se sometieran a lo que me proponen y todos vivieran hasta los doscientos cincuenta?

            ─No, la verdad es que el experimento sería solo con usted, no hemos pensado en nadie más.

            ─Lo ve, sería la ruina si todos viviéramos hasta esa edad en una sociedad que no está preparada.

            ─Me ha dejado sin argumentos.

            ─Lo siento, doctor, pero tengo que declinar su propuesta. Muchas gracias por su tiempo.

Guillermo abandonó la consulta y, cuando  apenas había caminado cinco metros, cayó desmayado. Una de las limpiadoras que lo vio llamó a la puerta de la consulta, salió el doctor y certificó su muerte.

 

  

   

 

    

 

 

 

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