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5. abr., 2019

Hemos superado las 30 000 visitas. Con mi personal agradecimiento a todos. Espero que mis textos sean de vuestro agrado.

 

Gregorio

5. feb., 2019

Tras el acto realizado en Socuéllamos el pasado 3 de febrero, tengo que comunicaros que la presentación de la novela: "El maestro de música" tendrá lugar el próximo viernes 22 de febrero a las ocho de la tarde en la Biblioteca Municipal de Pedro Muñoz.

Estáis todos invitados.

Gregorio

21. ene., 2019

Ayer, 3 de febrero de 2019, tuvo lugar la presentación de mi novela: "El maestro de música". Asistieron unas setenta personas. Quiero agradecerles a través de esta página su asistencia. Fue muy importante para mí. El acto estuvo presidido por la señora alcaldesa a la que también quiere agradecerle el honor que me hizo presentándome, así como también al resto de concejales, familiares y amigos allí presentes.

Fue muy emotivo ver como las tres presentadoras tuvieron con  el primer capítulo, que podeis leer más abajo.  A pesar de ser el autor y haberlo leído decenas de veces al escuchar las voces de las tres presentadoras, una como narradora y las otras dos dando vida una a Eduardo y la otra a Julia, como si cobraran vida. Mi especial agradecimiento a las tres.

Ahora toca pensar en la presentación en el otro lugar donde el espacio cobra vida en la novela, en Pedro Muñoz. En este momento no tengo ni lugar ni hora. Tan pronto como lo sepa lo haré saber a través de esta página.

Estad atentos.

 

 

 

CAPÍTULO 1 EN EL AUDITORIO DE SOCUÉLLAMOS

 

Eduardo acababa de terminar de dirigir al coro en el Auditorio de Socuéllamos, tomó asiento entre el público, giró la cabeza y, dos filas más atrás, se encontró con Julia, al principio no la reconoció. Se quedó un minuto pensando y entonces le vino la imagen de cuando estaba en el colegio, en Arenales de San Gregorio.

No le prestó la menor atención al coro que actuaba después, Julia se acercó.

—Eduardo, ¿te acuerdas de mí?

—¡Julia! No ha pasado el tiempo por ti —se dieron dos besos.

—Y dime, ¿qué ha sido de tu vida? —preguntó con las cejas altas.

—Al año siguiente me enviaron a Cantalojas, en la provincia

de Guadalajara. Allí estuve dos cursos, después pedí por la zona y

me dieron Socuéllamos. ¿Te casaste con Patricia?

—No, Julia. Cuando íbamos a casarnos, una noche que veníamos

de Alcázar de San Juan de celebrar nuestra despedida de solteros, que decidimos hacerla conjunta, tuvimos un accidente de coche y falleció.

—De veras que lo siento. ¿Y no lo volviste a intentar?

—Patricia fue la única mujer en mi vida. Desde entonces, mi corazón no ha tenido hueco para ninguna otra. ¿Y tú, te casaste?

—Sí, mi marido es el dueño de Bodegas Torrejón de Socuéllamos.

Es su verdadera pasión.

—¿En qué colegio trabajas?

—Soy la directora del colegio Carmen Arias.

—Aunque han transcurrido treinta y cinco años, el tiempo no ha pasado por ti.

—No te creas. Una tiene achaques que entonces no tenía.

—La misma cara, la misma sonrisa, la misma silueta. Repito, la misma Julia que cuando estábamos en Arenales.

—Anda, anda, zalamero. Pensé que nunca te habías fijado en mí. Si entonces no tenías ojos nada más que para Patricia.

—Pero eso no quita que también me fijara en el resto de mujeres, y tú siempre has sido muy atractiva.

—Vaya, pensé que había pasado con total indiferencia ante tu mirada.

—Ya ves que no.

—A ti te enviaron a Bermeo, en la provincia de Vizcaya y, desde entonces no te he vuelto a ver. Qué extraño que, a pesar de vivir tan cerca, no hayamos coincidido.

—La verdad es que sí. En el año noventa y cuatro aprobé la adquisición de nuevas especialidades en Cuenca, la de música, que era lo que siempre más me ha gustado y desde el noventa y seis soy el maestro de esa especialidad en los colegios María Luisa Cañas y Hospitalillo de Pedro Muñoz, mis alumnos son los representantes del coro con el que he participado.

—Recuerdo que en Arenales también te ocupabas de la música de los últimos cursos.

—Sí. Se lo pedí al director y aceptó.

—Ya veo que te va muy bien con los chicos del coro.

—Sí, pero ahora tengo un verdadero dilema.

—¿Cuál, si puede saberse?

—Mi padre tiene alzheimer. Me gustaría seguir con el coro, pero me hizo prometer que no lo llevaría a ninguna institución si se encontraba mal. Que confiaba en que yo pudiera ayudarlo, que quería morir en su casa.

—Vaya, eso sí que es un problema. ¿Y qué vas a hacer?

—La verdad es que no quisiera tener que dejar el coro. Aunque, a pesar de la promesa que le hice a mi padre de no llevarlo a una residencia he tenido que contratar a una persona para que se haga cargo de él en casa, me gustaría seguir ayudando a los chicos.

Ya tengo preparados los papeles de la jubilación. Y, a pesar mío, me veré obligado a mandarlos.

—De veras que siento tu situación. Yo apenas piso mi casa. La dirección del colegio, soy la secretaria de la directiva de la Cruz Roja y de la cofradía del Santísimo Cristo de la Vega.

—Caramba, tú tampoco te estás quieta. ¿Cómo puedes acudir a tantos sitios a la vez?

—Como te decía, apenas pongo un pie en la casa. Mi marido está casi siempre de viaje, y me encuentro más sola que la una, no soy persona para estar encerrada. Una mujer me hace las tareas domésticas.

—Por lo que deduzco, tú no piensas jubilarte.

—¡Pero qué dices, jubilarme yo y quedarme encerrada! Nada de eso.

—¿Tienes hijos?

—No, no los tengo. El amor en mi matrimonio pasó como un rayo. En estos momentos solamente seguimos por conveniencia social.

—Eso tiene que ser terrible.

—Ya lo creo. Cuando te conocí en Arenales y vi que salías con Patricia, se me cayeron los palos del sombrajo.

—¡Pero, qué me estás contando, Julia!

—Siempre he sido una mujer muy directa. A pesar de que han pasado ya muchos años, lo recuerdo como si fuera hoy mismo. Al verte por primera vez pensé que estabas libre, aunque pronto me di cuenta de que no era así.

—Menuda sorpresa, doña Julia entusiasmada de un simple maestro de música.

—No seas modesto, Eduardo, te mandé un montón de mensajes pero tú nunca respondías, Patricia te tenía absorto por completo.

—Es verdad, estábamos tan enamorados que no tenía ojos nada más que para ella.

—Y que lo digas, Eduardo, no sabes la envidia que tenía.

—Y, si tan mal te va con tu esposo, ¿por qué no te has separado?

—Sigo siendo una persona de estrictas convicciones religiosas. Me casé con mi marido y eso es para toda la vida.

—Tú sabrás, pero yo no lo hubiera aguantado. Lo siento pero me están esperando los chicos y chicas del coro —sacó una tarjeta de visita y se la dio.

Se despidieron dándose de nuevo dos besos, Eduardo salió corriendo ante la atenta mirada de Julia.